21 abr. 2012

MANIFIESTOS: 3. Contra las presentaciones de libros / Ya no hay crítica, señores

¿Te cansan las presentaciones de libros? ¿Te aburren tanto que prefieres ir a tomar una cerveza al Centro de Lima? ¿Sabes que siempre dirán que el libro es bueno y terminará con la firma de autógrafos y luego todos olvidarán el libro y al autor? Pues lee esto caserito...

Ya no hay crítica, señores

Año 2007. Se presenta “La piedra Alada”, de José Watanabe, uno de los poemarios más aclamados del peruano nikkei, aunque no precisamente el mejor. La expectativa por el libro, o por ver al autor, se refleja en las butacas ocupadas, en las caras angustiadas de la gente que no ha encontrado lugar en el auditorio. El interés del público es comprensible, Watanabe es uno de nuestros mejores poetas, además de buena gente (aunque un poeta no está obligado a caer bien a nadie) y, como pocos, tiene una fanaticada de todas las edades. Listo. Todos acomodados. El director del Centro Cultural de España inicia el evento. Sentados están el editor, Watanabe y además un catedrático. El ibérico habla sin sobonerías del autor y el libro. Comenta que pocas veces se llena el auditorio y que en España Watanabe es muy pedido en librerías. El editor sonríe. Luego, a manera de lucha libre, el director da la mano (entrega el micrófono) al presentador, un docente y poeta de la San Marcos. Él se rebasa en elogios, lee poemas y lee además un aburrido texto a favor de Watanabe. La gente se mueve incómoda, relaja las nalgas. El editor se preocupa. Luego habla el editor. Habla del libro, del autor, de la editorial, de los maquinistas de la imprenta, del tipo de tinta, de la solapa de libro, del encolado caliente, de su máquina dobladora. La gente se incomoda y el editor se da cuenta. Pide aplausos para Watanabe. La gente sonríe. El editor sonríe. Y luego presenta a la vedette de la noche. El poeta habla. Tose. La gente aplaude cada palabra, hay conmoción, alegría, satisfacción, como si todos ellos supieran que pronto nos dejaría el poeta de Laredo. El editor se conmueve. El editor se sonroja. El editor sonríe. Llegan poemas, anécdotas y finalmente termina Watanabe. Aplausos fuertes y a ver si compramos el libro. Luego los autógrafos, las groupies, las fotos, los abrazos. El editor sonríe. Esta es una escena recurrente. Digamos, si el libro no hubiese sido “La piedra alada” y el autor Watanabe, la presentación se hubiese convertido en una presentación “normal”. ¿Cómo es una presentación “normal”? Pues sigue el mismo rito, solo que raras veces el libro es igual de bueno. Así, tenemos un sinfín de presentaciones donde el editor casi contrata al presentador para que alabe el libro, o si no, el escritor llama a uno de sus amigos (de preferencia el más conocido) para que presente la obra que cambiará el “devenir de la literatura latinoamericana”. El editor entonces sonríe. Si hay prensa mejor, y si el autor posee una familia tipo Jacob, mucho mejor, los libros se venderán. Volviendo al rito. Este estilo de presentación es una repetición que francamente molesta. Será por ello que cuesta mucho saber con qué libro uno no perderá su tiempo y dinero. Ante este panorama, muchos se preguntan en dónde diablos están los críticos. Pues, una voz se oye desde el último asiento, respondiendo que no hay muchos, o casi nadie. Silbidos del público. En la década de 1970, Umberto Eco criticaba a los medios de comunicación (las secciones culturales) porque, ya sea por dejadez o por ahorrar dinero (para no contratar un verdadero crítico), los libros eran reseñados por los propios periodistas a vuelo de pájaro, o para facilitarse las cosas pedían la reseña a los editores, o solo entrevistaban al autor y listo, problema resuelto. El autor entonces se desmondongaba en elogios propios y un poco más decía que era la reencarnación misma de Shakespeare o Cervantes. Aunque si decía que era borracho, loco, o asesino, mucho mejor. En la actualidad carecemos de una verdadera crítica. Si no es muy aburrida, es muy zalamera, o solo tenemos que conformarnos con ensayistas que quieren lucirse a costa de los otros autores. Publican críticas arcanas, de palabras que rebuscan con perros de aduanas y aplican todas las técnicas, o las intentan (el resultado es algo así como la explicación del peritaje del proyecto minero Conga). Por estos ritos, mucha gente ya descree de las presentaciones. Por ello urge algo nuevo, algo que tal vez es difícil, pero no imposible: empezar a usar la imaginación y la desvergüenza para atraer más personas, más allá de los mismos amigos, familiares o deudores. Y para que no digan que hablo o escribo sólo porque me lo enseñaron en la primaria, propongo lo siguiente: Inviten en cada presentación a los enemigos del autor. Imaginen a Oswaldo Reynoso presentando un libro de Fernando Ampuero. Vislumbren a Gustavo Faverón criticando en El Averno del Jr. Quilca el nuevo libro de Rodolfo Ybarra. Debería existir un decreto Ley que obligue a los escritores a no ser tan sobones y a no aceptar tanta sobonería junta. Menos delante del público. Que no nos agarren de cojudos. Debería existir (abren los ojos los que nunca entendieron el sarcasmo) un grupo armado tipo Colina, o un grupo de Jueces sin Rostro. Los primeros para amenazar a los sobones, argolleros, poco sinceros. Y los segundos para determinar cuándo una obra es buena y digna de recomendar. El asunto es saber quién elige a estos grupos, de seguro también serían elegidos por argolla. Una vaina muy complicada. Bueno, quedemos en lo más asequible y económico, que se use la imaginación para presentar cosas más novedosas. Y que en cada prólogo se ponga los defectos del libro. O, para ser más equitativos: cinco defectos y cinco virtudes. Y que en cada presentación haya un enemigo y un amigo. Para balancear. A ver quién logra una mejor performance. Bueno. Ahora, mientras no sé cómo terminar esto, porque hay mucho que decir y no hay mucho espacio, pienso en cómo hubiera sido ver a Clemente Palma presentando un libro de César Vallejo, luego de saberse que el primero ninguneaba al segundo. Pienso solamente y me preparo para asistir a la presentación del libro de un amigo. Salgo del trabajo, bajo la vejiga y otra vez a la calle, a sortear la vida. Hoy es jueves. El editor sonreirá. ________________ Autor: Felipe Revueltas (@feliperevueltas)

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