6 abr. 2012

La mujer en la historia del arte y las letras / reseña de “Historias de mujeres ”, de Rosa Montero


En su libro “Historia de mujeres”, Rosa Montero hace una selección de reseñas biográficas de mujeres que tuvieron un papel importante en la historia, sobre todo en el mundo de las artes y las letras. Personajes como Agatha Christie, Frida Kahlo, Mary Wollstonecraft, Simone de Behaviour , entre otras, desfilan por esta interesante lista de extraordinarios seres humanos que se enfrentaron al dominio del varón (a la sociedad machista) y cambiaron aquella idea retrógrada que las califica como el “sexo débil”.

Pero en el libro no solo figuran estas mujeres independientes y revolucionarias de su tiempo, sino también recoge la vida de aquellas que –en cierta forma– tuvieron otra estrategia de dominio: fusionaron sus vidas con la del hombre que amaban y crearon a un ser superior. Es el caso de Zenobia Camprubi, esposa de Juan Ramón Jiménez, ganador del premio Nobel. El autor de “Platero y yo” logró desarrollar su obra literaria gracias a la labor incondicional de Zenobia, la mujer que logró dominar, manejar y aguantar la personalidad inestable del escritor: enfermizo, pedante y egocentrista. Ella renunció a su propia vida (de futuro literario) para apoyar al escritor español en sus quehaceres con la escritura (traducía, ordenaba, pasaba poemas en limpio) y el final ya es conocido.

Otro caso es el de María Lejárraga, una escritora y feminista española que para no enfrentarse a la sociedad que marginaba a las mujeres que pensaban por sí mismas, dejaba que su avaro y desconsiderado marido, Gregorio Martínez Sierra, firmara sus obras de teatro. Sólo así pudo divulgar su obra hasta el final de sus días, dejando que la garrapata de su marido la explote en ciertas ocasiones, cuando solicitaba reiteradamente más escritos para representarlos en los escenarios. Al final, la historia hizo su trabajo y es reconocida por su talento y fortaleza para soportar la vida que llevaba en un tiempo donde la moral existía sólo para hacer la vida imposible a los seres originales.

Uno de los casos más tristes es el de Camille Claudel, recordada por ser la asistente y sobre todo “concubina” de Aguste Rodin. Claudel fue una fabulosa escultora que brillaba con luz propia hasta que conoció al “genio” que todos adoraban. Se hizo su colaboradora y posteriormente su amante. Algunos investigadores han determinado que muchas esculturas atribuidas a Rodin en realidad fueron esculpidas por Camille, e incluso muchas obras del escultor tienen un porcentaje que le pertenece a Camille, ya que ella era experta en los detalles delicados como los pies y manos de las esculturas. Al separarse de Rodin, Camille terminó postrada en un sanatorio por una neurosis severa, y murió olvidada, estigmatizada por una sociedad hipócrita que la juzgaba por hacer lo que en verdad quería: sobresalir.

En fin. Feministas, escritoras, científicas, promotoras culturales, mecenas y pintoras son reatadas en este libro de Montero. Algunas son más famosas que otras, pero todas otorgan una enseñanza de vida, un ejemplo, una sacada de lengua a su presente, al futuro que es ahora y que a veces se muestra renuente al cambio, a la transformación de la sociedad que se mueve mejor con la igualdad de derechos y la aceptación de que todos podemos aportar algo más, que todos sin distinción podemos desarrollar la vida que queremos en bien de la sociedad. Sólo hace falta valor, determinación y, quizás, un poco de locura.

Postdata:

Para complementar el asunto, compartimos un extracto del libro, en el que se explica la dura realidad que le tocó vivir a algunas mujeres del pasado. En el capítulo correspondiente a Mary Wollstonecraft, Rosa Montero narra cómo algunos pensadores modernos se expresaban de la mujer, pese a que ya se reclamaba por los derechos universales del hombre.
Resulta difícil de imaginar, desde hoy, ese mundo tan arbitrario e intelectualmente incoherente; pero de hecho la vida era así, feroz en la esclavitud que imponía a las mujeres y en la ceguera que el peso del prejuicio provocaba hasta en las mejores cabezas. Por ejemplo, el filósofo Locke, defensor de la libertad natural del hombre, sostenía que ni los animales ni las mujeres participaban de esa libertad, sino que tenían que estar subordinados al varón. Rousseau decía que “una mujer sabia es un castigo para su esposo, sus hijos, para todo el mundo”. Y Kant, que “el estudio laborioso y las arduas reflexiones, incluso en el caso de que una mujer tenga éxito al respecto, destrozan los méritos propios de su sexo”.

Si los más brillantes e innovadores pensadores de la época llegaban a decir una majaderías de tal calibre, es de suponer que el ambiente general debía de resultar asfixiante para aquellas mujeres que, como Mary Wollstonecraft, estaban dotadas de una aguda inteligencia y del inconformismo y el coraje suficiente como para advertir la flagrante injusticia sexista en la que se vivía.

Están servidos. (F.R.)

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