30 ene. 2012

El sueño de Umberto Eco / Artículo


A partir de un sueño, Umberto Eco desarrolla un interesante artículo-ensayo sobre cómo sería el planeta que tanto “queremos y cuidamos” en caso de una Tercera Guerra Mundial.

El artículo pertenece al libro “A paso de cangrejo” (2010), una obra que recopila varios artículos y conferencias del autor, entre 2000 y 2005. “Un sueño”, fue publicado en el L’espresso, en diciembre de 2003.

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Un sueño *


Cuando alguien dice “Sueño que…” o bien “He tenido un sueño”, se entiende por lo general que en ese sueño se han materializado, o desvelado, sus deseos. Pero un sueño también puede ser una pesadilla, en la que se anuncia lo que de ningún modo se desea, o bien un sueño premonitorio, que exige la intervención de in intérprete autorizado que diga qué es lo que se anuncia, promete o amenaza ese sueño.

Mi sueño es de esa tercera naturaleza, y lo cuento tal como lo sueño, sin preguntarme por anticipado si se corresponde con mis deseos o con mis miedos.

Sueño que, tras un black-out global, que inmoviliza a todo el mundo civilizado, en la búsqueda enloquecida de responsabilidades, y en un intento de reaccionar ante una amenaza, se desencadena una guerra mundial. Pero una guerra de las buenas, no una marginal como la Segunda Guerra Mundial, que solo causó cincuenta millones de muertos. Una guerra auténtica, de aquellas que la técnica nos permite hacer hoy día, con zonas enteras del planeta desertizadas por las radicaciones, con al menos con la mitad de la población mundial desaparecida a causa del fuego del enemigo, del hambre, de las epidemias, en resumen, una cosa bien hecha, realizada por generales competentes y responsables, a la altura de los tiempos.

Por supuesto (aun en sueños uno es egoísta) sueño que yo, mis seres queridos, mis amigos, vivimos en una zona del planeta (posiblemente la nuestra) donde la situación no es tan desastrosa.

Ya no tendremos televisión, por no hablar de internet, puesto que las líneas telefónicas estarán cortadas. Subsistirá alguna comunicación telefónica, gracias a los antiguos aparatos de galena. No habrá líneas eléctricas, pero reparando en plan chapuza algunos paneles solares, especialmente en las casas de campo, dispondremos de algunas horas de luz; para lo demás habrá que acudir al mercado negro para alimentar las luces de petróleo, ya que nadie perderá el tiempo refinando gasolina para coches que, de existir todavía, ya no tendrán calles por dónde circular. A lo sumo quedarán carretas y calesas arrastradas por caballos.

Con esta luz escasa, y seguramente junto a un caminillo mantenido sin prisas talando aquí y allá, por la noche leeré a mis nietos, que no dispondrán de televisión, viejos cuentos de hadas hallados en el desván, o les explicaré cómo era el mundo antes de la guerra.

A una hora determinada nos agazaparemos junto a la radio y captaremos algunas emisiones lejanas, que nos informarán cómo están las cosas y nos avisarán de si se aproxima algún peligro a nuestra zona. Aunque para comunicarnos volveremos a amaestrar palomas mensajeras, y será agradable desprender de su patita el último mensaje que nos dice que la tía tiene ciática pero que sigue bien, o encontrar el diario de ayer en ciclostil.

Es posible que, si nos hemos refugiado en el campo, en la aldea hayan mantenido en pie una escuela, y en este caso aportaría mi contribución enseñando gramática o historia, geografía no, porque entretanto los países habrán cambiado tanto que hablar de geografía sería lo mismo que hablar de historia antigua. Si no hubiese escuela, reuniría a mis nietos y a sus amigos y les daría clase en casa; primero les enseñaría a hacer palotes, para adiestrarles el pulso, no solo para la escritura sino para los muchos trabajos manuales que les aguardan, y luego poco a poco, si fueran chicos grandes podría darles incluso unas buenas lecciones de filosofía.

Es posible que a los niños les quede aún el patio de la parroquia, donde se mantendrá un pequeño campo de fútbol (y se podrá jugar hasta con una pelota de trapo), quizá se haya recuperado del sótano un viejo futbolín y el párroco haya mandado al carpintero que fabrique un ping-pong, que para los jóvenes será más apasionante y creativo que los videojuegos de antes.

Se comerá mucha verdura, si la zona no está afectada por la radiactividad, y se saborearán las ortigas cocidas, que se parecen a las espinacas. Como se multiplican por vocación, no faltarán los conejos, y tal vez haya un pollo de domingo, para la más pequeña la pechuga, para el mayor el muslo, el ala para papá, el anca para mamá, y para la abuela que tiene buen diente el cuello, la cabeza y la rabadilla, que en los pollos de corral es lo más sabroso.

Se descubrirá de nuevo el placer de los paseos a pie, la tibieza de los viejos chaquetones pasados de moda, y de los guantes de lana, con los que incluso se puede jugar con bolas de nieve.

No debería faltar el viejo médico del pueblo, capaz de reunir ciertas provisiones de aspirina y quinina. Ya se sabe, son c{amaras hiperbáricas, tacs y ecografías la vida humana volverá a una duración media de sesenta años, pero no estará mal si tenemos en cuenta la duración media de la vida en otras zonas del planeta.

Florecerán de nuevo sobre las colinas los molinos de viento. Ante sus grandes brazos, los ancianos explicarán la historia de Don Quijote, y los pequeños descubrirán que es extraordinariamente hermosa. Habrá música, y todos aprenderán a tocar algún viejo instrumento recuperado, por mal que vayan las cosas con una caña y un cuchillo se pueden hacer orquestinas de flautas, los domingos se bailará en la era, y es posible que algún acordeonista superviviente toque la mazurca de Migliavacca.

En los bares y tabernas se jugará a la brisca, mientras se bebe gaseosa y vino joven. Circulará de nuevo el tonto del pueblo, obligado a abandonar la vida política. Los jóvenes desmotivados se consolarán aspirando vapores de camomila con una servilleta sobre la cabeza, y dirán que es un colocón.

Aparecerán de nuevo, a media montaña, muchos animales, tejos, garduñas, zorros y liebres en abundancia, y hasta los protectores de animales aceptarán ir alguna vez a caza para procurarse alimentos proteínicos, con viejas escopetas si las hay, o si no con arcos y flechas, y vibrátiles cerbatanas.

De noche, en el valle, se oirá ladrar a los perros, bien alimentados y apreciados, porque se habrá descubierto que sustituyen y de forma barata a los más sofisticados sistemas electrónicos de alarma. Nadie los abandonará ya en la autopista, o bien porque habrán adquirido valor comercial, o bien porque ya no habrá autopistas, o porque si las hubiese no las utilizaría nadie, ya que llegaría demasiado pronto a zonas que será mejor evitar, ubi sunt leones.

Florecerá de nuevo la lectura, porque los libros, salvo casos de incendio, sobreviven a muchos desastres; aparecerán en desvanes abandonados, sustraídos de las grandes bibliotecas urbanas derruidas, circularán en préstamo, se regalarán por Navidad, nos harán compañía en los largos inviernos y hasta en verano, cuando hagamos nuestras necesidades bajo un árbol.

Aun escuchando en la radio de galena noticias inquietantes, esperando salir bien librados y dando gracias al cielo todas las mañanas porque estamos todavía vivos y el sol brilla, los más poéticos empezarán a decir que, en definitiva, está renaciendo una Edad de Oro.

Calculando que estos renovados placeres tendrían un coste de al menos tres mil millones de muertos, la desaparición de las pirámides y de San Pedro, del Louvre y del Big Ben (de Nueva York no vale la pena hablar, todo será Bronx), y que tendré que fumar paja, si es que no consigo por lo menos dejar el vicio, me despierto de mi sueño muy inquieto y –digo la verdad– espero que no se cumpla.

No obstante, he ido a visitar a un individuo que practica la adivinación y sabe leer incluso las vísceras de los animales y el vuelo de los pájaros, y me ha dicho que mi sueño no solo anuncia algo espantoso: sugiere, además, cómo podría evitarse ese horror si lográramos contener nuestro consumo, evitar la violencia, sin implicarnos tampoco demasiado en la ajena, y saborear de vez en cuando los antiguos ritos y costumbres pasados de moda porque, al fin y al cabo, hoy día también se puede apagar el televisor y el ordenador y, en vez de coger un vuelo chárter hacia las Maldivas, contar cosas junto al fuego: basta con quererlo.

Ahora bien, ha añadido mi oniromante, justamente eso es un sueño, tengamos el coraje de detenernos un momento para evitar que los sueños se conviertan en realidad. Por tanto, ha añadido mi oniromante (que es sabio pero un poco cascarrabias como todos los profetas a quien nadie hace caso), ¡al diablo todo el mundo!, porque también es culpa vuestra.

* L’espresso, diciembre de 2003.

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